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12 junio, 2024

Adrenalina pura y medio millón de pesos de pérdida en 5 días: cómo operan los cueveros con el dólar blue sin freno

Fue hace dos viernes. El mercado ya había cerrado (a las 16) y a Matías le seguían saliendo operaciones. Más que nada, ventas. Vendió dólares a 240 pesos. Su plan era el de todos los viernes: vender y con esos pesos recomprar dólares el lunes a la mañana en la mesa de dinero que lo nutre de billetes.  

Pero el sábado a la tarde, mientras hacía otras operaciones, siempre a domicilio o en plena calle, y a la misma hora en la que Cristina Kirchner hablaba en Ensenada, renunció el ministro de Economía Martín Guzmán.

En cuestión de minutos, se empezó a especular sobre el precio del dólar. Se decía que el lunes abriría en 280. Matías había vendido a 240; se había “llenado de pesos”. El lunes, cuando llamó a las mesas de dinero y pidió precio, le respondieron: “Amigo, no tenemos precio”; “No vendemos, amigo”; “Amigo, cuando abran los mercados vemos qué hacemos”.  

“Estaba desesperado”, recuerda Matías en un café del conurbano. “Me querían vender dólares a 270 (por lo que perdería ’30 puntos’). Los clientes me preguntaban precio del dólar, pero no me salió una sola venta. Todos estaban viendo qué pasaba. Yo, entre el viernes y el lunes había perdido 400 mil pesos“.

Recién el martes compró 7 mil dólares. A 260. Al salir se enteró que el dólar bajó. A 250. Había perdido 70 mil pesos más. Aunque hay otros días en los que gana, y mucho. Y otros en los que empata. 

Contando billetes. Uno de los cueveros entrevistados por Clarín, en su oficina. Foto Lucia Merle

​​​​​​”En este laburo te la vivís jugando. Es timba pura. Hasta hace unos años comía arroz todos los días. Empecé en esto con 100 dólares y hoy vivo en un country. Conocí la plata gracias a esto. Pero me estoy quedando pelado. A veces me levanto de madrugada y no puedo dormir de pensar en cómo será el día. Cuánto compraré, cuánto venderé. Es una adrenalina muy grande“, dice.    

En otro café, pero de la avenida Corrientes, cerca del Obelisco y a metros de su oficina –o cueva, o las dos cosas juntas–, Julián dice que todos los argentinos “tenemos aspiraciones de cueveros”. “Los 44 millones quisiéramos comprar y vender billetes y vivir de eso”, es su textual.

Dólar, renuncia y un lunes de furia​

Y recuerda su lunes post renuncia de Guzmán: “Tuve 59 llamados entre las 9 y las 11.30 de la mañana. La gente quería saber qué les convenía hacer. En promedio hablo con 80 personas por día. A los clientes les gusta hablar. Vienen y te explican qué gasto les salió y por el que están vendiendo, o de dónde sacaron los pesos para comprar. Y yo no tengo mucho tiempo. Estoy con la adrenalina del minuto a minuto, que te vuelve loco”.   

Omar también habla con Clarín sobre aquel lunes 4. Su “cueva” también es sobre Corrientes, aunque más para el lado de Florida. “La gente solo quería vender dólares. No hubo compras. Faltaban pesos. Las financieras estaban en la misma”, dice.

Pasó por la misma situación que los otros dos consultados. La gente se acercaba y pedía que les pagaran 280 pesos por cada dólar. Es la discusión de siempre: el dólar que dice la tele y el que dice lo que ellos llaman “la calle”. “Nunca llegó a estar a 280. Solo estuvo 270 durante media hora. Después bajó a 260 y quedó en 250”, explica Omar.  

​Cuando los clientes insisten, los cueveros o arbolitos les responden: “Entonces andá a la tele o a Internet y que te lo paguen al precio que ellos te dicen que está“.

Los cueveros dicen que la gente les pide un precio que sólo existe en la tele o Internet. Foto Lucia Merle

Cuando las cotizaciones suben y bajan a cada hora, como ese lunes o estos últimos días, el riesgo aumenta. Se puede ganar mucho o perder mucho. Julián, por ejemplo, hizo transacciones en las que perdió 2 millones de pesos. En la jerga, a esas corridas cambiarias, se las llama “serrucho”. Los cueveros prefieren un dólar estable. Eso les permite ganar seguro. 

​Los veteranos del rubro dicen que las primeras cuevas nacieron a fines de los 90. Funcionaban en el fondo de algunas joyerías de Corrientes y San Martín. El negocio consistía en cambiar cheques y comprar y vender tickets canasta, de restaurante, de supermercado. Años después consiguieron comercializar con patacones y lecops.

​Se estima que para 2005, 2006, había dos cuevas por cuadra. Siempre en la zona del centro. El número aumentaría a la par de la suba del dólar. En 2011, durante su segundo mandato, la presidenta Cristina Fernández fijó el denominado “cepo cambiario” y comprar y vender dólares, euros y reales en el banco pasó a ser algo complicado. Fue el nacimiento del dólar blue. 

Así surgieron muchas más cuevas. A tal punto que, por ejemplo, la mayoría de las joyerías de la calle Libertad se sumarían al rubro. Las joyas pasaron a ser una fachada.

Ahora, con la pandemia, muchos se fueron al conurbano. También surgieron los que trabajan por redes sociales y WhatsApp, vía delivery. Ayudan a todo tipo de clientes. A los turistas, a los que viven en Buenos Aires y cobran en dólares y necesitan pesos, a los que compran o venden autos y la otra persona les pide que les pague en la otra moneda. A los albañiles que los llaman por cien dólares o a los que ganan licitaciones y compran 10 mil o 15 mil.     

Dólares, una obsesión argentina. Ahora hay grupos cerrados de WhatsApp en countries que evitan a los cueveros.

Los cueveros hablan de dos “patas”. A una la llaman “compradora” y a otra “vendedora”. A la diferencia entre uno y otro se le dice “spread”. Y esa sería la ganancia de los cueveros. Ellos compran y venden, al por mayor, en las llamadas “mesas de dinero”. Que son “las grandes ligas” de la economía informal. 

Las mesas operan con todo tipo de monedas: yenes, libras esterlinas, dólares canadienses o australianos o lo que se necesite. Otro gran negocio que hacen son los “cables”. Se trata de clientes que están en Argentina y necesitan hacerle llegar un dinero a otra persona en el exterior. Dejan sus dólares y eligen el destino. La mesa se encarga de que la otra persona reciba su dinero en el país en cuestión y se queda con el 2% de la operación. Después están los pesos y los dólares. Sus clientes son empresarios o cueveros, joyeros y cualquiera que se dedique a la compra y venta de billetes.

El “spread” de las casas de cambio es mínimo. Puede ser, por ejemplo, compra a 280 y venta a 281. Los cueveros acceden a esos precios. Y ahí está su ganancia. Lo común es que suban dos pesos (282-283). Pero cuando hay “serrucho” la diferencia puede ser hasta de 15 “puntos”.

Para que se entienda: si el cuevero compra mil dólares a 280 y los vende a 285, gana 5 mil pesos. Algunos, como Matías, ofrecen ofertas para los que quieren negociar con mil o dos mil dólares. Les hace mejor precio. Por eso muchos cueveros prefieren las operaciones chicas.

Decoración alusiva. En la oficina de un cuevero en el GBA.

“Por ahí viene un cliente y te pide 30 mil dólares –plantea Julián–. Ese tipo sale a buscar el mejor precio. Te pide descuento. El problema es que no podés achicar tu margen. El que más tiene es el que busca mejor precio. La gente del centro también busca precio por todas las opciones de cueva que hay. Por eso conviene buscar clientes de otros barrios”.   

Ahora Julián habla de la crisis y de sus clientes. Aclara que siempre hay vendedores. Personas que llegan y dicen que quieren vender dólares para pagar deudas. O sueldos, o alquileres o lo que fuera.

“La cosa es que hay muchos compradores que se convirtieron en vendedores. Antes te compraban dólares todos los meses y ahora los están vendiendo porque están para atrás. El que puede seguir comprando te pide un 20% de lo que te pedía antes”.

Hoy están vendiendo dólares muchos de los que antes compraban.

Otros de sus clientes son los que tienen que ir dos días seguidos. Julián explica el porqué: “Te cuentan que les depositaron 2 millones de pesos. Pero que fueron al banco y solo los dejan retirar uno. Eso los mata. El dólar sube de un día al otro y ellos se pierden decenas de miles de pesos”.   

En los últimos meses se habla de grupos de WhatsApp de countries y barrios cerrados. Se llaman “trueques” y consisten en la eliminación del intermediario, que sería el cuevero. Allí cada uno informa si tiene dólares o pesos y pone su precio. Por lo general, parten la diferencia entre la compra y la venta que dice la televisión. Y ganan los dos.

​Los únicos que ganan siempre son las brigadas de policías que cobran “colaboraciones” de los cueveros, que pueden ser en pagos semanales o mensuales y en billete dólar. “Es para que no nos molesten”, coinciden los cueveros. “Forma parte del costo. Es un gasto extra”. Es que en este negocio, a veces se gana, a veces se pierde, a veces se empata. Pero nunca se para.

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